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La batalla final y la desesperación de Trump


Las elecciones en Estados Unidos nos muestran curiosas características locales y algunas conclusiones bien universales. Una particularidad local es la inusitada relevancia del correo tradicional para que la cantidad de votantes alcance un récord histórico en una elección que no es obligatoria y que transcurre en medio de una pandemia mundial. En los recuentos llegan por carta más de 65 millones de votos, equivalentes a las poblaciones sumadas de Argentina, Chile y Uruguay.


En el país de las vanguardias tecnológicas, los votos decisivos para el presidente electo terminarán saliendo de los viejos sobres de papel depositados en un buzón, el mismo método con el que George Washington arengaba a sus jefes militares durante la guerra por la independencia, a fines del siglo XVIII.



Una conclusión universal: los encuestadores fallaron de nuevo. Todos le daban casi 8 puntos de ventaja a Biden en la previa, pero la diferencia en su favor ronda los dos puntos, cuatro veces menos que lo pronosticado.


En la era digital, los encuestadores no hallan un detector eficaz para el voto vergüenza. El de ciudadanos que quieren votar a alguien y no lo dicen porque "queda mal", pero igual lo votan. Pasó en la Argentina y en el Brasil de Bolsonaro.


El mapa de los resultados ya es, igual que hace cuatro años, una buena metáfora de la elección: tres cuartas partes de ambas costas (salvo el sudeste que remata en la península de Florida) votaron en contra de Trump. Es el país que mira hacia afuera, hacia el mundo. Y la enorme mayoría del interior (salvo Colorado y Nuevo México, acaso por la "guerra" del presidente a los inmigrantes del Sur) lo hicieron a favor de Trump. Es el país que mira hacia adentro. El que se mira el ombligo.


En este punto, la batalla final es por la grieta que representa el propio Trump, sus controvertidos modos de personaje autocrático y provocador y lo que fue la acción de su gobierno a los ojos americanos.


Economía vs. coronavirus, si tomamos a la pandemia como un emblema del personalísimo estilo Trump: prepotencia, negación de la realidad y decisiones individuales que llevaron al país al abismo de un desastre sanitario. Ayer mismo, mientras avanzaba el conteo en los estados decisivos, el país superaba los 100.000 casos confirmados de coronavirus en un solo día por primera vez desde que empezó la pandemia.


Se le contrapone el récord de ocupación que obtuvo Trump entre 2017 y 2019, la mejora real en los ingresos familiares de la clase trabajadora y la recuperación acelerada tras la primera caída por la pandemia, que han impulsado a una buena franja de aquellos votos vergonzantes a ceder ante la realidad del bolsillo.


Esa cara parcial de la economía -más ciertos valores ultraconservadores que Trump representa con fanatismo en la América profunda- transformó al coronavirus en un rival liviano en estados donde la pandemia continúa adherida como una ventosa.


El mapa de los últimos 15 días dice que la mayor cantidad de muertos por coronavirus se registró en Texas (1.078) y Florida (785) donde, sin embargo, Trump acaba de imponerse sin sobresaltos.


En el otro extremo, Wisconsin es un centro agrícola de relevancia mundial. Allí había ganado Trump en 2016 y ahora sus 10 electores clave cruzaron de vereda y se fueron para Biden, acercando al demócrata a la presidencia.


La guerra comercial con China hizo que muchos de esos productores, acostumbrados a exportar, ahora hayan tenido que sobrevivir con subsidios.

En la montaña rusa a veces se está arriba, y a veces abajo.


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